
Hoy, más que nunca, estoy sola cielo. De verdad. Tú sabes que soy fuerte, yo se que lo soy. Pero es mi verdad, y la tuya, también.
Sabes que nunca esperé nada de la humanidad. Nada de nadie. He de reconocer que de ti un poco, pero ¿qué mas da? Todo era tan hermoso al principio... Yo sé que me deseabas a cada momento, que las horas se te hacían golpes en el corazón cuando se trataba de verme. Los primeros meses jamás apartabas la mirada sobre mi.Antes era todo tan distinto... Antes aprovechabas cualquier momento para besarme; antes buscabas horas ocultas entre recodos de mi para encontrarme, para besarme, para hacerme tuya. Era magia, la magia que nos hacía sentir y querernos.
Ahora, lo que nos mueve es la rutina. Y yo siento muchas cosas, muchísimas. Alegría, tristeza, sed, amor, odio, antagonías. Siento paz, siento dolor, inquietud, ansiedad, soledad.
Siento que no puedo dar más. - ¿Esta nota fue escrita a las 3:00 antes del suicidio, no es así?
- Sí, señor agente - respondió Wine con lentitud - la encontré en su escritorio cuando volví de trabajar, justo a las siete de la mañana.
- Ajá - el policía dio una profunda bocanada el cigarrillo - Sabe que usted es uno de los sospechosos, ¿no es así?
- Lo imagino, señor agente - respondió con pasividad e ironía - Sobre todo porque se trata de un suicidio.
- ¿Ah, si? ¿Y si se trata de su novia, porqué se muestra tan frío? ¿Como si no ocurriese nada, eh? Usted mismo podría haberla instado a escribir esa nota. ¿Cómo fiarme de usted, si ni siquiera ha llorado por la muerte de ella?
- Sí. Yo fui la causa. ¿No ha leído acaso la nota, agente? - suspiró - Yo no la quería.
Yo se que cuando se despierta piensa y no piensa inconscientemente, quizás porque ya sepa que su día será otro día más, que nada cambiará. Yo sé que la negatividad le vencerá hoy y mañana, y la imposibilidad de imginar o esperar algo mejor.
Se que hoy se levantará, rozará el frío suelo con el pie izquierdo y deseará que se torne un poco más cálido el mármol que pisa. Bajará con lentitud las escaleras, pero todos creerán verle saltar los escalones de dos en dos. El café cálido de la mañana serán piedras frías en su estómago y el canto de los pájaros, duras gujas en su cabeza. Yo se que se refugiará en sus canciones, que buscará con anhelo la verdad, que las palabras dejarán de resbalarle algún día sobre sus manos. Se que quiere encontrar su camino, harar las cruces vertidas sobre él y acariciar la brisa, atraparla entre sus dedos y no dejarla marchar.
Y sobre los tejados de la ciudad sé que escribirá lo que a nadie quiso contar. Sobre los tejados dejará volar sus secretos y sus palabras; las que nadie quiso oír.
Y yo sé que, algún día, el volará con ellas.
Desde lejos eran como el cielo y la tierra. Parecían unidos allá en el horizonte. Sin embargo, jamás llegaron a tocarse.

"Yo no tengo edad" Me dijo "Yo jamás crecí. Yo jamás noté el pasar de los años, ni como mis propios pies echaron raíces en estas tierras. Yo jamás crecí. ¿Ves estas arrugas, esta piel caida bajo mis ojos y bajo mi boca? Son tan sólo señales del tiempo, señales tan superficiales e imprecisas sobre mi propio existir. ¿Quién se cree que es para marcar el ritmo de mi propia vida, ese dichoso tiempo? No, no. ¿Acaso podrías decirme con exactitud qué edad tiene esa roca agrietada de ahí? ¿Podrías decirme cuanto tiempo lleva en ese lugar? ¿Y el agua que bebes ahora? ¿Sabes quizás por dónde habrá pasado, cuando nació? ¿Y las nubes, las estrellas? Nada marca el paso del tiempo. Yo existo, simplemente existo, no hay tiempo ni lugar que detenga mi existencia. Incluso cuando yo muera y mi energía pase a ser parte del mundo de nuevo, mil moléculas de mi cuerpo quedarán en los pequeños vientres de mis bacterias descomponedoras. Incluso cuando yo muera, incluso cuando mis arrugas se borren con el viento fúnebre, yo seguiré existiendo si hay alguien que aún fuese capaz de recordarme. Nunca moriré mientras haya una persona en el mundo que guarde un recuerdo de mí, que el tiempo jamás haya sido capaz de borrar de su mente el recuerdo de mi cara, o de mi sonrisa. El tiempo, amigo, se dice de él que es poderoso. Que es fuerte. Inamovible. Yo te digo que no hay nada más poderoso que la mente humana, y ese corazón que llevas en el pecho."
A veces somos como ellas. Olas. Agua moldeable, impulsada por el viento, llena de sal y de vida. Otras veces somos espuma, espuma blanca y abatida recostada sobre la arena, o golpeando furiosa las rocas hasta acerlas calizas. Y quizás, otras tantas veces, somos esas olas vacías, leves, llevadas tan sólo por el viento, por las personas. Olas a la deriva. Olas sin fuerza.
Nos moldeamos a nuestro antojo o al de otros. Nos moldeamos ante nuevas situaciones y ante nuevas personas. A veces nos moldeamos hasta olvidar de dónde venimos, que fuimos, y cual era nuestra forma original. Comenzamos pensando lo que queremos ser, luego pensamos en qué seremos, y finalmente, pensamos en lo que una vez quisimos ser, y nunca lo fuimos. Cuando queremos emprender la búsqueda de uno mismo, fracasamos. Estamos aqui, aqui. En el mismo sitio donde cambiaste. El yo verdadero no muere, no descansa, no desaparece. Se transforma. Nadie puede reencontrarse consigo mismo, nadie puede intentar buscar quién es en realidad, porque tú siempre serás tú mismo. Cambiarás, pero siempre serás tú. Como el agua que cambia de forma y desea reencontrarse con lo que alguna vez fue, no debe más que mirar en sus propias aguas claras, oscuras, y tan azules que guardan tantos suspiros de vida, para saber que esas aguas siempre han sido y serán, las mismas.
Ella quiso ser el aire. El aire libre que moldea, que nada puede atar, que vaga sintiento, conociendo y soñando con sentimientos. Ella quiso ser el aire cálido y la brisa veraniega que baña sonrisas y acaricia atardeceres. Quiso creerse aire y lo fue, solitaria, altanera y liviana. El agua jamás pudo atraparla entre sus dedos, jamás la pudo encerrar entre sus cárceles húmedas. Y enamorado el mar del viento, enamorado de la libertad y de sentirse encerrado entre tierra y roca, quiso ser viento y acompañarla en su viaje. Quiso ser liviano, quiso estar junto a ella, sin saber que aquello era también una dulce condena.
Ella quiso ser viento, sí. Pero el mar la ató, y la hizo suya, y su libertad murió junto con sus ganas de sentir y de vivir. El mar la atrapó, y le hizo dibujar sobre su superficie plana olas gráciles. El mar la atrapó y le hizo recorrer toda su extensión y le hizo amarle, encadenada.
Ella quiso ser viento, sí. Pero el amor le hizo ser parte del mar.

Gente que va, y gente que viene. Nacemos creyéndonos únicos en el universo, perfectos en nuestro reducido habitáculo. Y crecemos. Crecemos junto a otros, crecemos enriqueciéndonos de experiencias, de vivencias y de sensaciones. Miles de seres que pasaran por nuestras vidas y dejarán huella, algo nuevo que aprender y un nuevo horizonte que mirar. A veces dejan huellas preciosas, inamovibles para el tiempo y el olvido. Otras, dolorosas como el mismo infierno. Y otras huellas que están ahi, que se olvidarán, y que pasarán como pasan las estaciones.
Otras veces le recordarás. Recordarás la melancolía de sus días y de sus noches. De sus palabras y de sus tonterías. Te preguntarás que fue del ayer y tú mismo encontrarás una respuesta. A veces no hay más sensaciones que el propio sentir.
Pensar en lo que podría haber sido. Lo que sería y lo que será. Otros que te decepcionan, que te olvidan. Y tú, inamovible, que esperas y esperas una señal, un hola y un me quedo para siempre. Una palabra que te jure lealtad eterna.
Ni la eternidad, ni las personas, ni las relaciones, ni las huellas, existen.
Prólogo Vía de escape
Luces. Sonidos. Alarmas.
Y la pequeña corría sin saberlo hacia su perdición. Pero, ¿qué iba a saber ella? Su subconsciente le obligaba a correr sin mirar atrás. Nunca mirar atrás.
Oía pasos apresurados cerca. Le pisaban los talones y ella no sabía dónde esconderse. Mirase donde mirase, todo se le antojaba igual de macabro y oscuro. Aquella ciudad era demasiado…fría. Tanto metal y tanta luz impedía ver el cielo, encapotado por los gases tóxicos de innumerables fábricas humanas. ¿Dónde debía ir? Ni ella misma lo sabía. “¡Corre! ¡Vete, huye!” Aquellas palabras fueron las últimas que escuchó de la boca de su hermano, antes de perderle de vista. Se sentía abandonada. Se sentía sola y olvidada por todos. Sabía que ella era tan sólo el cebo para aquellos hombres; para que sus dos hermanos escaparan. La habían utilizado.
Lo único que impedía que las lágrimas aflorasen en sus ojos era el nudo que yacía en su garganta. El miedo, la impotencia. Algo le decía que moriría allí, pero moriría por sus hermanos. Los que la habían abandonado.
¿Eso estaba bien?
Las piernas le flaqueaban. Ya no podía correr más. Los soldados imperiales la encontrarían y ella no podría hacer nada por evitarlo. “Al menos” pensó “Espero que Derik… esté bien”
Ellos tres siempre habían deseado escapar de allí. La ciudad los asfixiaba y bien sabían que aquel sitio no era su lugar. Aquel humo infernal, aquel cielo sin luz, donde se les inculcaban valores que nada tenían que ver con los principios de los humanos. La joven, desde pequeña, siempre había escuchado hablar a los mayores acerca de algo llamado “naturaleza”, “árbol”, “flores”, pero hasta muchos años después, no supo a qué se referían esos términos. Su hermano Derik era demasiado pequeño, y no sabía leer, pero ella y su hermano mayor investigaron asuntos prohibidos en aquella sociedad. La naturaleza. El origen de la vida.
Se decía que, más allá de las murallas de las ciudades, existía otro tipo de vida. Aquellos libros tan primitivos, de hojas y cubierta de cartón, hablaban acerca de un cielo azul cubierto de nubes blancas. Hablaban del Sol, siempre visible en el cielo, y de la Luna, acompañante de la noche. Esos libros hablaban acerca de las distintas especies que habitaban aquellos lugares; corrientes de aguas puras y cristalinas, mares y océanos interminables. Ella jamás supo imaginar el agua de otra forma que no fuera turbia y arenosa, ni tampoco supo imaginar que no costara nada encontrar aquella sustancia . En la ciudad, aquel que podía comprar agua, debía de ser rico o tener buenos enchufes en el estado. Sus padres eran agentes de policía del cuerpo nacional, por ello, en su casa jamás faltaba el agua. Pero ella se encogía de miedo al salir a la calle y ver los cuerpos desnutridos y esqueléticos de aquellos que carecían de agua y comida: su piel reseca, sus calvas prematuras, diferentes deformaciones. Tenía miedo de verse así algún día. En aquellos tiempos las enfermedades eran más contagiosas y la población moría sin remedio. El oxígeno también era escaso. Aquellos que no eran capaces de pagar por el aire que respiraban, eran destinados a habitáculos minúsculos con enormes maquinarias que respiraban por ellos. La verdad de aquello, es que eran cementerios donde enviaban a las familias que ni trabajaban ni hacían nada por la sociedad. Y allí morían, abandonados por todos, como ratas.
Pero al gobierno no parecía importarle. Una sociedad demacrada por el paso de los años.
Lo que más le llamó la atención fue… aquel árbol.
Había un papiro entre las hojas de aquellos libros. Un papiro del que apenas se podía leer algo, pero ella pudo ver perfectamente que hablaba sobre el origen del mundo.
Y aquel que había traído la vida, era un árbol. Un gigantesco árbol que se encontraba en el corazón del mundo; un árbol de hojas doradas como los atardeceres. El origen de la vida, protegido por los más misericordiosos seres. Por aquel entonces era sólo una niña que soñaba con otros mundos, y aquella historia consiguió fascinarla por completo. Se imaginaba a sí misma, protegiendo a aquel árbol de monstruos que querían acabar con él. Se veía empuñando armas primitivas, como espadas y hachas. Así sentía que escapaba de la rutina y de su cárcel: su hogar.
Ella y sus hermanos apenas salían a la calle. Sus padres siempre estaban sentados en unos butacones enormes, con aire que les enfriaba la casa, observando una gran pantalla donde se les mostraba lo que sucedía en el mundo. Era imposible estar fuera de casa con el calor y el humo asfixiante de la ciudad. La capa de ozono había sido destruida casi por completo, y el dióxido de carbono había elevado la temperatura ambiente diez grados por encima de lo normal.
En aquella metrópoli, tan pobre y tan vana, no había siquiera refrigeradores por las calles.
Pero lo que más le fascinó a la muchacha, absorta en los libros, fueron aquellos bosques de los que hablaban. Interminables manchas verdes donde se respiraba la paz. Allí llovía sobre enormes alfombras carmesíes y de oro. Ella soñaba y soñaba despierta.
- Oye – le dijo una vez la bibliotecaria – Esta sección está restringida. Aquí no se puede entrar.
Ella sonrió amablemente, asintiendo, y salió del edificio andando tranquilamente, mientras se llevaba unos cuantos libros en el interior de su mochila.
Y así pasaron los años, leyendo libros. Su hermano mayor parecía más emocionado que ella incluso, aunque la joven se dio cuenta, mucho después, que lo que su hermano sentía era temor.
Y de eso se percató la noche que irrumpió en su habitación, con los ojos desorbitados y temblando de arriba abajo.
- Le buscan. Le están buscando, pero no lo pueden encontrar. ¡Le matarán¡ - Apartó su edredón y la zarandeó - ¡Alba, maldita sea! ¡Corre! ¡Vete, huye!
Mientras su hermano se llevaba al pequeño Derik en brazos, ella se encontró en medio de una calle desierta, sola, y angustiada. No sabía qué estaba sucediendo, pero si olía a la muerte en casa esquina. Y poco después, oyó pasos. Oyó voces. Y supo entonces que la perseguían. Que no había marcha atrás. Y ahora se en encontraba en aquel lugar, huyendo de sombras.
Pero al girar una esquina, se encontró de bruces con un hombre, y los dos cayeron al suelo. La joven intentó soltarse de las manos de él, pero era demasiado fuerte. Fue entonces cuando una voz cálida e interior la tranquilizó.
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La temblorosa joven alzó el rostro y se encontró con un hombre mucho mayor que ella, que le sonrió con ternura. Alba no pudo hacer otra cosa que dejar de forcejear y rendirse. Si le había llegado la hora, ella ya no podía hacer nada. Entonces fue cuando las lágrimas salieron de sus ojos.
- ¿Qué está pasando? – sollozó – Me quieren matar… me quieren matar…
El hombre de cabellos largos y rubios la abrazó, intentando tranquilizar a la niña.
Nadie, jamás, te va a tocar. Nadie te va a matar – su voz le sonaba lejana, segura.
Y, cuando miró al hombre a los ojos, supo que jamás olvidaría aquella mirada de color almendra, casi verde.